Proteccionismo vs Librecambio

Compartilo

El primer round en los albores de la joven Argentina

Por Bruno Pedro De Alto

Es menester comentar que los proteccionistas y librecambistas[1] se han enfrentado, tanto en el campo de las ideas teóricas como en la lucha política desde los últimos doscientos cincuenta años en todas las partes del mundo y la Argentina no fue la excepción.

Luego de la batalla de Caseros, además de la derrota de Rosas, se instaura como dogma los principios del librecambio, al cual la mayoría de los hombres políticos del momento adherían. La doctrina del proteccionismo se la ligaba al rosismo y por lo tanto, era descalificante. Sin embargo, las crisis que provocaba la instauración de la política liberal y su desarrollo, abrió la posibilidad de recuperar voces proteccionistas que la explicaban, la defendían, y la pedían para industrializar al país. Aquellos argentinos, conductores del país, no era un todo homogéneo, pues entre 1860 y 1880, aproximadamente, ambas posturas tuvieron sus nombres y organizaciones relevantes.

Por el lado de quienes reclamaban la necesidad de la industrialización, estaban los incipientes industriales, y su primera organización que fue el Club Industrial[2], fundado en 1875. Desde su periódico “El industrial” se defendió las tesis proteccionistas. El Partido Autonomista de Buenos Aires, en 1878, daba a conocer su opinión sobre el tema en un manifiesto[3], afirmando que el país “necesita promover sus industrias que la emanciparán del dominio económico del extranjero”. También en la prensa escrita, con los diarios El Nacional y La Capital de Rosario. Y por encima de todos por su claridad y contundencia, la figura de Vicente Fidel López, junto a sus discípulos y sus continuadores.

[1] El proteccionismo es un conjunto de medidas económicas orientadas a promover el trabajo nacional, su herramienta más común es reservarle el mercado interno, a través de aranceles aduaneros elevados para desalentar la importación frente a la producción local. Esto no implica aislamiento o autosuficiencia productiva; por el contrario, las naciones que más producen requieren importaciones complementarias, como los bienes de capital y tecnología que la capacitan para producir. Dentro de esta idea, la producción nacional implica tanto al sector agropecuario, al minero como al industrial. Hay otros instrumentos más complejos a utilizar por los gobiernos más allá de los derechos aduaneros, como por ejemplo el tipo de cambio, los impuestos, el crédito, el gasto público, etc. En un sistema proteccionista efectivo, todas las acciones del Estado conducen a incorporar trabajo nacional a las materias primas, transformándolas en productos para consumo o exportación, considerando esto una forma genuina de riqueza.
Por su parte, las tesis básicas del librecambio son que la actividad económica de cada país debe se orienta naturalmente a las áreas de mayor competitividad; que no todos los países se especializan en las mismas producciones, sino donde sus ventajas comparativas son mayores; y que las importaciones de todos los bienes de consumo y producción no fabricados en el país se pagan con las exportaciones de sus productos especializados. Para ello el arancel aduanero debe ser bajo, y único, su rol en la economía es recaudar fondos, no orientar la producción. El concepto general es que “la mano invisible” del marcado internacional asigna los recursos de acuerdo con las leyes de la competencia perfecta.
[2] Como resultado concreto y directo del debate de 1876, el Club industrial  tuvo una escisión en 1878. Luego, todos los industriales convergieron en 1887 y constituyeron la Unión industrial Argentina.
[3] Manifiesto que tenía las firmas de Domingo Faustino Sarmiento, Bernardo de Irigoyen, Aristóbulo del Valle y Adolfo Saldías.
Vicente Fidel López fue, desde la cátedra y desde la banca de legislador quien mejor expuso las tesis proteccionistas en relación a la República Argentina. A su lado se formó una generación que tuvo en Carlos Pellegrini su síntesis más brillante y con sólidas figuras como Miguel Cané, Rafael Hernández y Eduardo Madero[1].

Los librecambistas, que en la práctica estaban contra la industria nacional, eran los importadores y los grupos de intereses ligados a los mismos, pues ganaban con los fletes y los seguros por la venta de las manufactures extranjeras; y los productores agropecuarios de la Pampa Húmeda, interesados por la exportación tradicional, pero donde encontramos la excepcionalidad de Vicente L. Casares. También apoyaba explícitamente la mismísima Gran Bretaña, potencia dominante que controlaba la economía y la política argentinas; y las fuerzas político-económicas conservadoras, que finalmente encontrarán en Julio Argentino Roca, su mejor expresión. Siendo presidente, Roca en 1899 anula las ventajas arancelarias que Pellegrini había otorgado a la industria nacional, y entre sus argumentos se le oyó decir que el país debía de “abstenerse de proteger industrias efímeras con menoscabo de nuestras grandes y verdaderas industrias, la ganadería y la agricultura”.

En todas las historias de los países hay sucesos que encierran un simbolismo mayor, se constituyen como perlas entre lo común; son, además, autosuficientes para representar sucesos más complejos, y por lo tanto: lleno de contracciones. El suceso a señalar es la crisis de la producción lanar, que derivaría en una iniciativa industrial nacional temprana, impulsada por la Sociedad Rural que décadas después será abiertamente anti industrialista. En el mismo, aparecerá oportunamente el industrialista Pellegrini.

El suceso es el siguiente: la producción de lana en la región bonaerense, entre1850 y 1866 aumentó un 850%. La población bovina llegó a duplicar la producción ovina y representó el 42 % de las exportaciones argentinas. La gran demanda de la industria textil inglesa explicaba esa expansión, y del mismo modo explicó su crisis en 1866. Hubo caídas de exportaciones que se fundan en causas remotas para el ganadero criollo, como la guerra en Crimea, o la guerra civil en Estados Unidos, pero que lo ponen en jaque. Nace la idea de la diversificación, y será uno de ellos, el lúcido Eduardo Olivera[1] quien pregona la diversidad de la producción como remedio y fortaleza de los productores.

En esa línea, un asociado de la Sociedad Rural llamado Francisco Carulla impulsó una sociedad anónima para industrializar la lana nacional, para liberar la que era entonces la principal producción argentina de los vaivenes del comercio internacional. Carulla tenía una fábrica de máquinas, pero cedió parte de ese espacio para la concreción de la idea, y llama a accionistas para capitalizar el emprendimiento. Logra una cantidad de acciones iniciales, pero no las suficientes, por lo que la empresa se demora en iniciar las actividades, en ese ínterin se gestionó la protección arancelaria al Congreso.

[1] Eduardo Olivera Inició sus actividades en la estancia de su padre, para ello viajó a Francia para estudiar agronomía y luego a Inglaterra para estudiar química. En Alemania estudió legislación sobre temas de propiedad de tierras. De regreso, importó ovejas para reproducirlas y generar la actividad en sus campos. En 1866 impulsó la creación de la Sociedad Rural, de la cual fue su secretario, bajo la presidencia de José Alfredo Martínez de Hoz. Entre otras iniciativas, impulsó, sin éxito, la fundación de un banco hipotecario.

Finalmente, la fábrica, con un directorio encabezado por Martínez de Hoz y Olivera, empezará a producir paños de lana en 1873. El inefable Carlos Pellegrini[1], solía lucir trajes hechos con esos paños de lana nacional. Hay testimonios que afirman que la fábrica empleó a 600 operarios, pero cierra en 1876 y logra reabrir sin demasiado éxito en 1882.

Por el sostenimiento de la crisis de la industria lanar, sumado a una crisis por la deuda externa, es decir, la imposibilidad de pagarla, llevó al gobierno de Nicolás Avellaneda, en 1876 a proponer al Congreso Nacional la iniciativa de elevar todos los aranceles de importación para mejorar las arcas estatales. La propuesta era básica: aumentar dichos aranceles hasta el 30% uniforme para los productos en general, y para los vinos, licores, aguardientes, cervezas, tabacos y naipes, un 40%. Esta propuesta conllevaba un encarecimiento desigual, en términos relativos, para los sectores más populares, que al igual que los sectores más pudiente compraban casi todos los elementos de la vida diaria de origen extranjero.

Inesperadamente para el gobierno nacional se abrió un debate novedoso dentro del Congreso. Se encontró frente a los argumentos sólidos y contundentes de opositores  convencidos. El proteccionismo ya había dado sus primeras señales y aquellas jornadas pasaron a la historia.

Allí se planteó si la Aduana era un ente recaudador de impuestos o, además, era una herramienta para proteger al trabajo nacional y creadora de capital nacional. Ese fue el centro del debate entre los representantes del pueblo.

El defensor de propuesta legislativa del presidente Avellaneda, fue el Ministro Norberto de la Riestra, un hombre del mundo de los negocios que con intereses en el Ferrocarril del Sur y el Banco de Londres y Río de la Plata, mostraba su vínculo con Gran Bretaña. Por la propuesta proteccionista se destacará el veterano Fidel López, secundado por su discípulo, el joven diputado Carlos Pellegrini. Desde el lado proteccionista, Pellegrini, que ya había dado muestras de entender que había una necesidad de una Argentina industrial. E n la oportunidad del debate desplegó sólidamente todos sus conceptos, además de una excelente oratoria.

Pellegrini, rechazó el proyecto del Ejecutivo y presentó uno alternativo. Pedía que los derechos de aduana alcanzaran un 45%, para la importación de artículos de consumo que se podían fabricar en el país, como el azúcar, el arroz, etc. mientras que liberaba de impuesto a los artículos destinados a favorecer la producción nacional, y da como ejemplo las máquinas agrícolas, equipos de ferrocarril, los alambres[2], etc. El concepto de recaudar fondos, problema que si existía, según Pellegrini, se lograba aplicando un impuesto a la exportación con un 6 %. En cambio, de la Riestra entendía que Argentina debía ceñirse a una política agroexportadora, que garantizaba crecimiento ilimitado gracias al buen precio pagado por los países europeos.

[1] Carlos Pellegrini, con 22 años, se recibe de abogado en 1869. En 1873 fue elegido diputado provincial, y al año siguiente como diputado nacional, cargo que conserva hasta 1882. En 1881 fue electo Senador Nacional, y en 1885 fue Ministro de Guerra del presidente Julio A. Roca. En 1886 integra la fórmula presidencial, como vicepresidente, con Miguel Juárez Celman, quienes resultan electos. Durante la revolución de julio de 1890 sostiene la autoridad nacional, asumiendo en el mes de agosto la Presidencia de la República, ante la renuncia de Juárez Celman. En 1893 funda la Unión Provincial o Partido Conservador de la Provincia de Buenos Aires, dos años después fue elegido nuevamente senador nacional, y finalmente en 1906, fue electo diputado nacional. Fallece ese mismo año.
[2] Los establecimientos rurales estaban en pleno proceso de alambrado.

Se presentan a continuación algunos párrafos del debate personalizados en las figuras del Ministro de la Riestra y del diputado Pellegrini.

Dijo el Ministro:

¿Cuáles son los artículos que se gravan? ¿Los fideos y la galleta? es decir como si no fueran tan necesarios estos artículos para vivir (…) ¿Por qué se grava a este artículo en especial? Por la protección de la industria se dice: pero Señor, toda la vida hemos tenido fábrica de fideos, que jamás han logrado hacer fideos como los que nos vienen de Europa. (…)
Lo mismo digo, Señor Presidente, del calzado y de la ropa hecha (…) Para favorecer a mil personas que se ocupan de hacer zapatos recargamos a 200.000 almas que están calzadas (…) porque las industrias no se implantan en un país por medios artificiales, sino por medios naturales, es decir, cuando abaratan los jornales y cuando aumenta el capital creador.
(…) Debiéramos concentrar todas nuestras miras, dejar completamente libre la producción del país, para que, por este medio, pueda competir con esa producción extranjera (…) Terminaré diciendo estas últimas palabras; abrigamos la doctrina de que el libre cambio universal representa la baratura de los productos en todo el mundo, con la distribución del trabajo; la distribución del trabajo es la baratura de los productos. Profesamos esa doctrina aplicable a todos los países del mundo porque creemos que no tenemos que discutir como si se tratara de alguna tierra que formara parte de otro globo, o de una Nación regida por otras leyes que las demás.

Algunas de las respuestas de Pellegrini:

Es cierto, tenemos que andar vestidos y calzados, y el fideo y la galleta sirven para nuestro alimento. Pero yo digo, un impuesto alto en el calzado produciría una disminución en la importación de ese artículo pero se puede compensar con la producción nacional (…) de esta manera no se resiente el consumo (…) El señor Ministro pide que se baje el impuesto a la ropa hecha, pero pide que se aumente sobre los arados, trilladoras y segadoras. Entonces digo, el aumento del impuesto sobre estos útiles importa la disminución de nuestra producción agrícola, importa atacar una de nuestras principales fuentes de riqueza. Y yo digo, entonces a la Cámara si cree que es lo mismo para la República Argentina que se importen más arados y menos levitas. Sobre esto no puede haber ninguna duda.
(…) Es un hecho que nuestra situación económica, nuestro país como industria, como población y como riqueza se halla en condiciones completamente distintas, diametralmente opuestas a las que se encuentran otras naciones que han hallado en el libre cambio el secreto de su prosperidad.
(…) Todo país debe aspirar a dar desarrollo a su industria nacional; él es la base de su riqueza, de su poder, y de su prosperidad; y para conseguirlo debe alentar su establecimiento, allanando en cuanto sea posible, las dificultades que se opongan a él.
(…) Señor Presidente, cuando un género de industria se plantea por primera vez, es imposible, salvo circunstancias muy excepcionales, que sus productos puedan desde un primer momento sostener una competencia con los productos de la misma industria establecida de tiempo atrás.
(…) El costo de producción disminuye a medida que la industria se perfecciona.
(…) La preocupación existe de que el producto del extranjero es mejor que el de la industria nacional. (…) Es indudable que no producimos ni podemos producir por algún tiempo ciertos productos de la misma calidad que los importados, pero esto no quiere decir que todo producto extranjero tiene que ser de mejor calidad que los nuestros, y que no podamos llegar a igualarlos o superarlos.
(…) En vista de estas verdades, y por anhelar el establecimiento de la industria nacional, la consecuencia se presenta forzosa y nos indica que debemos protección a la industria naciente, y esa protección debe ser dispensada en la forma que la Comisión lo propone.
(…) Si el libre cambio desarrolla la industria que ha adquirido cierto vigor y le permite alcanzar todo el esplendor posible, el libre cambio mata a la industria naciente.
(…) Yo pregunto, señor Presidente, ¿qué produce hoy la provincia de Buenos Aires, la primera provincia de la República? Triste es decirlo, sólo produce pasto y toda su riqueza está pendiente de las nubes. El año que ellas nieguen riego a nuestros campos, toda nuestra riqueza habrá desaparecido.
(…) Es necesario que en la República se trabaje y se produzca algo más que pasto. Es necesario economizar hasta donde nos sea posible el valor en trabajo que hoy pagamos al extranjero, porque esa economía aumenta en otro tanto nuestra riqueza.

Es importante señalar que el veterano Fidel López, como sus discípulos Pellegrini, Cané, Madero y Hernández, se habían nutrido de teóricos que también confrontaban al librecambio en Europa y Estados Unidos. En varias de sus múltiples intervenciones, debates y proyectos, los citaban. Por ejemplo al alemán Frederick List formado en Estados Unidos, promotor de la protección al trabajo nacional. Citaron la obra de Raymond que desde Estados Unidos defendía las tarifas protectoras y el pleno empleo, y a John Rae, quien junto a Henry Carey debatieron contra los postulados de la famosa obra de David Ricardo, “La Riqueza de las Naciones”.

Los diputados proteccionistas lograron que se modifiquen algunos aranceles que favorecían la producción nacional, pero definitivamente no se modificará la estructura económica del modelo agroexportador. Un nuevo factor, relanzó aquel modelo: habían llegado al país, primero en ese mismo año de 1876, el buque “Le Frigorifique[1]”, y al año siguiente el buque “Le Paraguay”, que iniciaban la práctica del transporte de carne congelada a Europa. Este avance tecnológico fomentará un nuevo proceso de expansión de los agroexportadores que duró 50 años más y desalentó cualquier nuevo proceso de proteccionismo para impulsar una industria nacional.

[1] El barco “Le Frigorifique”, con tecnología desarrollada por el francés Tellier, estaba bautizado para la ocasión con un neologismo que luego quedaría en el idioma francés que también pasaría al castellano como “Frigorífico”, para definir una tecnología y todo un sistema industrial relevante para la historia y economía del país.

Fuente: http://visionpais.com.ar/

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