Los costos de la guerra para la economía argentina

Los costos de la guerra para la economía argentina
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El conflicto Rusia-Ucrania confirma que la dinámica de la economía tiene un elevado grado de incertidumbre, lo que debería relativizar las proyecciones macroeconómicas, para concentrarse en cuál es la orientación de la política económica. La negociación con el FMI es técnica pero también es política.

Por Alfredo Zaiat

En la versión que circuló del borrador del acuerdo con el FMI, más allá de que sea el definitivo o no, aparece una definición que excede el contenido de la negociación con ese organismo internacional. Es un concepto que debería servir de guía para evitar caer en el reduccionismo economicista que tanto disfruta el análisis convencional, y en el cual sectores de la coalición de gobierno han quedado atrapados.

En ese apunte de la negociación con el Fondo se dice: “Nuestro escenario base está sujeto a importantes incertidumbres, lo que implica que es posible que las políticas tengan que recalibrarse según corresponda”.

Para algunos esta afirmación es la prueba de que habrá indefectiblemente un ajuste, sólo con el recurso repetido de la conjetura, y para otros es una definición analítica que debería orientar la evaluación política de la cuestión económica.

Como se sabe, aunque muchos insisten en ocultar, la economía no es una ciencia exacta y mucho menos una serie de pronósticos de variables macro, sino que es un espacio de poder donde se dirimen intereses contrapuestos de diferentes actores económicos.

Quedar encerrado exclusivamente en cifras proyectadas para brindar sentencias acerca de la situación económica exhibe una notoria falencia en la comprensión política acerca de la dinámica de la cuestión económica.

La pandemia es un caso bien cercano que permite abarcar en toda su magnitud lo que significa el factor incertidumbre en la gestión económica, puesto que la crisis sanitaria alteró en forma fulminante el funcionamiento de la economía mundial. Este repentino evento global obligó a los países a adaptar la política económica modificando su orientación y descartando postulados y metas previas.

Ahora, en estos días, otro evento extraordinario está modificando la dinámica de la economía mundial con el consiguiente impacto local: la guerra Rusia-Ucrania (OTAN).

Los efectos se pueden resumir del siguiente modo:

  1. Aumento de los precios de las materias primas: más dólares de exportaciones de soja, trigo y maíz, más inflación y más recaudación impositiva por retenciones.
  2. Aumento de los precios de la energía: menos dólares por importaciones de gas, más subsidios a las tarifas de luz y gas y mayor tensión con el FMI por el sendero fiscal comprometido para este año.

El acuerdo con el FMI es político

La negociación con el FMI tiene un capítulo ténico de proyecciones macroeconómics para también hay un componente político que define las características del acuerdo.

La enseñanza que deja el antecedente de veintiún programas en 65 años de relación de Argentina con el Fondo es que los acuerdos son políticos. Existe un plano geopolítico, en el cual Estados Unidos utiliza a ese organismo internacional para sujetar países endeudados a su estrategia global. Otro financiero, que consiste en determinar el monto del crédito y el plazo de repago, dólares que históricamente han sido utilizado para facilitar la salida de bancos y fondos internacionales de economías en crisis, además para allanar la fuga de capitales.

Un tercer plano es el económico, que es el capítulo de la relación con la burocracia de técnicos del FMI y el que genera más debate en el espacio público, puesto que en esa instancia se comprometen metas de variables clave y planes tributarios, previsionales, laborales, entre otros.

Concentrar la discusión exclusivamente en este último plano termina minimizando los otros dos, que son igualmente importantes. Un aspecto que se pierde de vista cuando se desconoce la interrelación de esos tres aspectos de la relación con el FMI es que, como se mencionó antes, los acuerdos son políticos.

El insólito préstamo por un total de 57 mil millones de dólares entregado al gobierno de Macri, de los cuales se desembolsaron casi 45 mil, es la prueba más reciente y contundente del carácter político de los programas con el FMI.

Así fue siempre y otros acuerdos con el FMI lo prueban, como los que pactaron en la década del ’90 el gobierno de Carlos Menem y su ministro de Economía Domingo Cavallo. El alineamiento total a los objetivos geopolíticos de Estados Unidos (por ejemplo, el alistamiento de embarcaciones militares para apoyar la Operación Escudo del Desierto dentro de la Guerra del Golfo, en 1990) condicionaba al staff técnico del Fondo a los postulados macroeconómicos (en especial, el tipo de cambio fijo determinado por la convertibilidad) presentados por Cavallo, pese a que no los compartían. 

Pese a las tensiones que existen alrededor de la actual negociación, el FMI también avanza en un acuerdo político con el gobierno de Alberto Fernández, que se expresa en los siguientes aspectos:

  • No incluye las tradiciones recomendaciones de implementar las reformas previsional y laboral.
  • Convalida la necesidad de implementar un estricto control a la entrada de capitales especulativos, como también a la de un férreo control del mercado de cambio.
  • Acepta la idea de factores multicausales para explicar la inflación argentina.
  • No exige una fuerte devaluación.
  • Accede a que la reducción del déficit fiscal sea una combinación de más ingresos por crecimiento de la actividad y mayor recaudación por mejoras en la administración tributaria (combate a la evasión y elusión).

El contexto de estos lineamientos en el marco político del acuerdo tiene su origen en el propio interés de las autoridades del Fondo para, firmando un nuevo programa con Argentina, dar vuelta una de las páginas más negras de su historia por el fiasco mayúsculo del crédito otorgado a Macri.

Una de las conjeturas alrededor de esta “flexibilidad conceptual” del Fondo indica que, además de cerrar el capítulo Macri, se trata de un acuerdo político de “transición” para aliviar el último tramo de la administración Fernández, para luego negociar un nuevo programa con el gobierno que surja de las elecciones de 2023, y en esa instancia incorporar cada una de las tradicionales exigencias de la receta del ajuste regresivo.

Esta especulación es probable pero no segura. En lo que no hay postergación, en cambio, es en las presiones al gobierno de Fernández para que se incorpore al orden geopolítico de Estados Unidos, que quedan expuestas diariamente en el dispositivo de medios de comunicación de derecha, que actúa como vocero militante de esos intereses (Venezuela, Cuba, Nicaragua, China y ahora se agregó el conflicto con Rusia por la guerra en Ucrania).

La excusa del Fondo Monetario

En más de una oportunidad se ha afirmado en estas páginas que el regreso del FMI a la Argentina de la mano de Macri es una tragedia por las implicancias políticas, económicas y sociales de estar atado a ese brazo financiero de sometimiento geopolítico de Estados Unidos.

Esto no significa, sin embargo, que el escenario político y económico local quede totalmente dominado por el vínculo con el Fondo.

La centralidad del acuerdo en el actual debate político es sólo una excusa para el posicionamiento en disputas internas, tanto en el oficialismo como en la oposición.

El Fondo también será utilizado, como lo muestran las etapas en que el país estuvo bajo programas de ese organismo internacional, por sectores del poder económico para forzar medidas regresivas, como la flexibilización laboral o la liberalización financiera.

El aspecto no menor de esos manejos es que estos movimientos políticos y del poder económico terminan por confundir el debate económico y, además, exculpa las falencias en la gestión de la política económica. Si todo es culpa del FMI, las debilidades de la administración quedan desplazadas en la evaluación cotidiana.

El Fondo condiciona bastante pero no ata de manos la gestión de gobierno, que puede tener un sesgo progresivo pese al programa acordado, como cobrar impuestos a quienes tienen más capacidad contributiva, o disponer una segmentación de tarifas para que paguen más quienes tienen un holgado poder adquisitivo, u ordenar la política de asistencia social, entre otras iniciativas de equidad.

Avanzar en ese sendero de reordenamiento económico exige, además de capacidad de ejecución, fortaleza en la negociación no sólo con el staff técnico del FMI, sino con sectores del poder económico local que resisten ese tipo de medidas redistributivas.

El conflicto Rusia Ucrania

En el borrador del acuerdo con el FMI sobre los escenarios de incertidumbre que pueden generar adaptaciones en la política económica se menciona:

  • “Una intensificación de la pandemia”.
  • “El crecimiento de nuestros socios comerciales podría decaer”.
  • “Los precios mundiales de los productos agrícolas podrían caer marcadamente, por ejemplo como consecuencia de un endurecimiento inesperadamente rápido de las condiciones financieras mundiales”.

Se señala también que “las condiciones externas podrían tornarse más favorables, y la recuperación podría ser más vigorosa de lo previsto, en especial en los sectores, como el de servicios, que se vieron más duramente golpeados por la pandemia”.

En este apunte provisorio no estaba incluida la guerra Rusia-Ucrania, que ahora estará en el documento definitivo. El espacio de tiempo entre uno y otro escrito es de pocas semanas, lo que revela el elevado grado de incertidumbre global en el cual se debe desarrollar la política económica.

Esto debería aquietar los ánimos en el mundo político oficialista porque la economía, como en la definición del juego del fútbol del maestro-periodista deportivo Dante Panzeri, es la dinámica de lo impensado.

La aplicación de ese concepto enseña que la economía, como en el fútbol, no puede ser tratada como si fuera una ciencia exacta. “Nos querían hacer creer que una buena táctica bastaba como garantía del éxito”, decía Panzeri.

Resignificando esa idea, las proyecciones económicas no pueden ser consideradas en forma determinista, sino que acontecimientos inesperados –que son habituales- exigen adaptaciones de la política económica.

Una guerra, como la de Rusia-Ucrania, que altera el mercado de materias primas agrarias y de energía, es lo suficientemente disruptiva para no quedar atrapado en esquemas analíticos rígidos. Un dato que en estos días no fue lo suficientemente mencionado es que Ucrania es el tercer deudor del FMI detrás de Argentina y Egipto. 

Más dólares

El precio internacional del trigo registró una fuerte suba lo que pone bajo tensión los precios de la cadena local de las harinas.

Cuál será la duración, la eventual extensión territorial y, en especial, el desenlace de la guerra determinarán la magnitud de su impacto en la economía argentina.

En este escenario de incertezas, las actuales reacciones de variables clave de los mercados globales derivan en un saldo ambiguo. Respecto al mercado de materias primas agrícolas de exportación, la Bolsa de Cereales junto al Instituto para las Negociaciones Agrícolas Internacionales elaboraron un informe, cuyos puntos principales son los que siguen:

  • “El conflicto bélico entre Ucrania y Rusia es una realidad, y los efectos ya comenzaron a sentirse en diversos mercados. Ambos actores (y la región) tienen relevancia en la producción y exportación de granos y subproductos, por lo que los precios de diversos commodities han acusado la creciente incertidumbre que este conflicto genera”.
  • “Si bien el conflicto entre Rusia y Ucrania se vislumbra desde hace meses, la magnitud con la que estalló tomó por sorpresa a los mercados internacionales”.
  • “Estos dos países suman el 78 por ciento del comercio mundial de aceite de girasol, el 28 por ciento del de trigo y el 19 por ciento del de maíz. La posibilidad real de una restricción se tradujo en un aumento de los precios, pero también en una elevada volatilidad en estos mercados reflejando el nivel de incertidumbre reinante”.
  • Sin embargo, el panorama es también alcista para los mercados de insumos agrícolas, con presiones tanto en combustibles como en fertilizantes”.
  • En el corto plazo, el valor exportado por Argentina podría incrementarse, como consecuencia del aumento de precios, en aproximadamente 1800 millones de dólares. Es un resultado condicionado a la captura de los actuales precios, y a las cantidades de granos finalmente producidas en un escenario de déficit hídrico”.
  • Pero el valor de las importaciones de combustibles e insumos agropecuarios también se incrementaría, afectando negativamente la balanza comercial, y limitando las posibles ganancias que podrían capturar los productores respecto al mayor precio de las commodities”.
  • “De mantenerse el conflicto en el mediano plazo, los resultados de simulaciones muestran efectos al alza en los precios, con respuestas positivas en la producción argentina, que varían dependiendo de la intensidad del conflicto y las partes involucradas”.

Más inflación y más recaudación

En esta evaluación de la Bolsa de Cereales faltan dos aspectos sustanciales. Por un lado, el alza de los precios internacionales de estas materias primas arrastra a un aumento de los precios locales de alimentos, sumando más tensión a un panorama inflacionario ya de por sí complicado.

Dependiendo de la extensión de la guerra, el desafío de la gestión económica será intensificar el desacople de los precios internacionales de los domésticos.

Para esa tarea cuenta con las retenciones, que si fueran móviles facilitaría la tarea, pero para aumentarlas se enfrenta a un bloque económico-político poderoso que las rechaza.

Otra vía tras ese objetivo consiste en avanzar en la constitución de fideicomisos de trigo y maíz –iniciativa que está impulsando la secretaría de Comercio-, medida que también despierta la oposición del sector (de las Mesas sectoriales del Trigo y el Maíz y también de la Bolsa de Cereales).

Otro aspecto poco mencionado es que el mayor ingreso de dólares de exportación de materias primas agrícolas generará un incremento de la recaudación de la AFIP con las actuales alícuotas de retenciones.

Estos ingresos adicionales deberían aflojar las dudas fondomonetaristas acerca del cumplimiento del sendero fiscal comprometido para este año por parte del equipo económico.

Menos dólares y más subsidios

La cotización del Gas Natural Licuado importado que pagó Argentina el año pasado fue de 8,33 dólares; en estos días de guerra trepó a 38 dólares.

El Centro de Estudios Políticos y Económicos difundió el reporte “Conflicto Rusia-Ucrania: incidencias en la economía argentina”. En uno de los puntos señala que “es previsible que el precio internacional del gas siga aumentando, lo que implica, en el corto plazo, que Argentina deba utilizar más dólares para importar este bien. Pero ocurre que esta misma situación puede ser favorable a mediano plazo, porque le brinda más oportunidades a Vaca Muerta para recibir fuertes inversiones”.

En lo inmediato, una porción del abastecimiento interno de gas registrará un fuerte aumento de costos. El año pasado se importaron 56 buques de Gas Natural Licuado (GNL) a un precio promedio de 8,33 dólares por millón de BTU. En estos últimos días, esa cotización trepó a 38 dólares.

Este incremento de costos implica necesariamente un aumento en los subsidios para no trasladarlo a tarifas, situación que agrega tensión en la negociación con el staff técnico del FMI acerca del cumplimiento de las metas fiscales.

Sin embargo, como se indicó, en un contexto internacional inesperado por la guerra Rusia-Ucrania, cuestión que no puede ser ignorada por el FMI como no lo hizo con los impactos devastadores de la pandemia, y reconociendo que todo acuerdo es político, el margen de negociación no será tan restringido como se supone y sólo será cuestión afilar la habilidad en la gestión de esta situación crítica por parte del gobierno de Alberto Fernández. 

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/


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