El loco del martillo o la obsesión anti-tecnológica de la derecha

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Un proceso de demolición de la tecnología y la ciencia que manda al país hacia atrás

Desde el minuto cero de la llegada del macrismo al gobierno se inició una reacción en cadena de desmantelamiento de proyectos tecnológicos: Fabricaciones Militares, Agencia Nacional de Laboratorios Públicos, Fábrica Argentina de Aviones, INVAP, Nucleoeléctrica Argentina, CNEA, ARSAT, INTI, Río Turbio, SENASA, la Planta Industrial de Agua Pesada. En este escenario el ministro Barañao, desfinanciado y sin rumbo, recibió a fines de mayo un documento firmado por 172 directores de institutos de CONICET (67% del total) que explica: “La crisis presupuestaria ha puesto al CONICET al borde de la parálisis”.

Cada ítem de esta lista anterior supone inversión pública ingente durante años, procesos de aprendizaje y organización, acumulación colectiva de conocimiento no codificable –el bien intangible más valioso del siglo XXI–, creación de carreras universitarias y de puestos de trabajo calificado. Como el loco que atacó La pietá de Miguel Ángel con un martillo, Macri inició un proceso de demolición de la tecnología y la ciencia argentinas que puede arrojar al país varias décadas hacia el pasado.

¿Cómo razonar la obsesión de este neoliberalismo lumpen por destruir las capacidades tecnológicas nacionales? Dos razones conectadas pueden ayudar a entender. La primera remite al Departamento de Estado, a través de la Embajada y de faunas variadas y tenaces de emisarios. El gobierno norteamericano se encargó de presionar, a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XX, para que Argentina clausure sus desarrollos en aeronáutica, hidrocarburos, medicamentos, electrónica e informática, energía nuclear, tecnología misilística y de lanzadores satelitales, entre otros.

La segunda razón es un subproducto de la anterior: desde la oligarquía terrateniente diversificada y la patria contratista heredada de la última dictadura, hasta las fracciones financieras asociadas a los capitales trasnacionales, los intereses de las fracciones concentradas locales desarrollaron su identidad como élite empresarial en nichos de “negocios” complementarios a las exigencias de la potencia hegemónica. De este aquelarre se infiere un proyecto de país primario, financiero y extranjerizado, donde los desarrollos tecnológicos locales obstaculizan el perfil de “negocios” que saben hacer nuestras fracciones concentradas. ¿Y cuál es el perfil de “negocios” que saben (o que le dejan) hacer? Con cinco palabras se explica: cualquier cosa menos crear valor.

El caso de la energía nuclear es paradigmático. Durante décadas EE.UU. intentó por todos los medios diplomáticos, formales e informales, que Argentina desmantelara su plan nuclear. Diarios como el New York Times o el Washington Post fueron portavoces activos. Por eso, siempre que llega una dictadura o un gobierno neoliberal, procede al desguace. Durante el gobierno kirchnerista, el interés de EE.UU. por el desarrollo satelital quedó expuesto en Wikileaks (1). El intento fallido macrista de ofrendar ARSAT 3 –junto con la posición orbital argentina– a la empresa norteamericana Hughes es un eslabón adicional de esta extensa saga anti-tecnológica. Ante el fracaso de la ofrenda mayor por escandalosa, la ofrenda muleto es el martillo: rompamos ARSAT 3.

 

¿El CONICET, el INTI o Atucha 3 son kirchneristas?

En este punto nos podríamos preguntar cómo es que estos parásitos predadores no transformaron la Argentina en algo parecido a Zaire. Respuesta: porque el proyecto de una Argentina Casino, productora de materias primas y consumidora de valor agregado importado, debió confrontar con la visión impulsada por el “hecho maldito del país burgués”, que se propuso un proyecto de Argentina que aprendiera a fabricar automóviles, aviones, calculadoras y computadoras –y, de paso, producir microchips–, misiles y lanzadores satelitales, vagones de ferrocarril, medicamentos, reactores nucleares de potencia, maquinaria agrícola, aerogeneradores, etc., etc.

La mayoría de estos objetivos fueron clausurados por dictaduras o semi-democracias débiles, pero en el camino se concretaron logros intermedios, que ayudan para que la Argentina no sea granero periférico del mundo, sino semiperiferia, es decir, país con un poco de industria y otro poco de capacidades tecnológicas y científicas.

El neoliberalismo anacrónico que aterrizó en la región –con Temer y Macri como los exponentes más crudos– se explica por las necesidades de las economías centrales, que necesitan recuperarse de la perdurable anemia post-crisis de 2008. Por primera vez en 2013 los flujos de inversión extranjera hacia los países en desarrollo superaron a los flujos entre países desarrollados (2).

Parte de la estrategia es generar grandes “negocios” en América Latina, como inundarnos con tecnologías “verdes”. Para eso hay que periferizar las economías de Argentina y Brasil. ¿Cómo se hace? Por ejemplo, Argentina podría producir sus propios molinos eólicos (aerogeneradores) –o, por lo menos, un porcentaje de los necesarios–, porque tiene empresas que invirtieron y aprendieron a fabricarlos. La demanda actual es una oportunidad única. Pero el plan RenovAr del macrismo (otra vez el martillo) clausuró en los pliegos de licitación los aportes de la industria nacional y favoreció la compra masiva de aerogeneradores extranjeros.

¿Vamos a pagar los parques eólicos vendiendo soja? No alcanza. ¿Entonces? A quién le importa mientras nos podamos endeudar. Lo tragicómico es que, mientras tanto, el propio BID llama la atención a un aguado Barañao, que sigue financiando I+D en eólica nacional por la inercia de proyectos remanentes del gobierno anterior. El peor de los mundos.

En la batalla contra la primarización, la financierización y el endeudamiento, la comunidad científico-tecnológica argentina amaga con reaccionar como actor político relevante. Unidad Ciudadana dio un paso importante al sumar un diputado que viene del corazón del sector y que pelea la agenda de tecnología y ciencia desde adentro del Congreso.

El lado sombrío de la historia es que los CEOs de Peña huelen (o hacen que huelen) kirchnerismo en los laboratorios y universidades, y aprovechan el blindaje para hacer creer que la batalla madre por la erradicación del “populismo” justifica los martillazos a la tecnología, la ciencia y la industria argentina.

En la debacle, el Fausto criollo al frente del MINCyT ve aproximarse el momento de pagarle a Lucifer los tres años adicionales de ministro por los que vendió su alma.

 

Diego Hurtado

Profesor de UNSAM y miembro de CyTA

(1) Embajada de EEUU. 2006. “Embassy supports proposed IDB loan to Argentina for remote sensing satellite project” (Cable), Buenos Aires, 27 de junio. Fuente: Wikileaks.

(2) UNCTAD, World Investment Report 2013, pág. 2.

Fuente: https://www.elcohetealaluna.com/

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