La deuda del presidente

Compartilo

Por Bruno Pedro De Alto

(textos del libro “Tozuda industria nacional)

El hombre fuerte de gran parte de la primera década del período autónomo de Buenos Aires, a partir de la Batalla de Cepeda, en 1820, fue Bernardino Rivadavia. Había regresado de Inglaterra impregnado de ideas liberales y armado de poderosos contactos, y se lanzó a construir un Estado y una Nación, que aún seguía sin constituirse. Primero desde la Provincia de Buenos Aires, luego desde la presidencia de la Nación donde intentó diseñar la política en tono liberal, la economía agroexportadora y una organización social del país, con avances en salud, educación y ciencia.

Los años previos a la llegada de Rivadavia al poder en el país, y en alguna medida la explicación de su llegada, se resumen en las siguiente líneas:

  • Las primeras formas de gobierno para las Provincias Unidas del Río de la Plata que se dio a continuación de la Revolución de Mayo fueron gobiernos colegiados, hasta que la Asamblea de 1813 los reemplazó por un ejecutivo unipersonal, cuyo titular ostentaba el cargo de Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Pero inevitablemente se caía en tendencias centralistas del Directorio, por imposiciones y control económico y militar de Buenos Aires, entrando en conflicto con los intereses autonomistas de las provincias, que no se sintieron representadas por estos gobiernos.
  • El núcleo más firme de oposición, verdaderas rebeliones contra la autoridad del Directorio, se había formado en las provincias del Litoral, funcionando independientes del gobierno central. Llegado el año 1819 estas provincias federales pactaron una frágil tregua con el Directorio.
  • El conflicto fue finalmente resuelto en la Batalla de Cepeda, en 1820, donde las fuerzas de Santa Fe, Entre Ríos y de la Banda Oriental vencieron a las tropas que respondía al Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Este resultado implicó la disolución del Directorio y del Congreso Nacional. Se inició así el período denominado la Anarquía del Año XX, el país quedó integrado por trece provincias autónomas.

Rivadavia, un estadista liberal.

Durante la época del predominio político de Rivadavia, la provincia de Buenos Aires se encontraba endeudada, con necesidades de infraestructura, con una tierra fiscal fértil, e influida por la diplomacia y la banca británica que tenían libras disponibles para desplegar su dominación en la región.

Esto lo conducirá a la imagen que recordará la historia de la gestión del primer presidente Argentino como pro británica y endeudadora. Pero la contracara olvidada del gobierno de Rivadavia fue su atención para las ciencias aplicadas, como la agricultura y la producción, pensando en los oficios y produciendo aportes al comercio. La ciencia, y la cultura científica se anidó en las sociedades e instituciones, en la enseñanza técnica y de medicina, en las expediciones, etc., pero no en la Universidad de Buenos Aires. Ésta, que si bien pudo ser finalmente creada en 1821, salvo el gabinete de física y química donde se hizo ciencia experimental por primera vez en el país, era un cúmulo de ciencias sin aplicaciones útiles al desarrollo económico[1].

La obra de gobierno de Bernardino Rivadavia también permitió que se fundaran la Sociedad Literaria, la Sociedad de Ciencias Físicas y Matemáticas, el Museo de Ciencias Naturales, el Archivo General, el Registro Oficial y el Departamento Topográfico y Estadístico. Varios intelectuales extranjeros fueron contratados para actuar en estas instituciones, como el naturalista francés Aimé Bonpland, el físico italiano Pedro Carta Molino, el ingeniero francés Carlos Enrique Pellegrini, el boticario italiano Pablo Ferrari y el historiador italiano Pedro de Angelis.

Más allá de las buenas intenciones o no, como se explica más adelante, Rivadavia permite la concentración de la tierra para el pastoreo con la Ley de Enfiteusis. Pero sigue impulsando la agricultura, que en alguna medida era una forma de democratizar la actividad económica. Las medidas menos conocidas, pero convincentes de esa preocupación, fueron las creaciones de la Escuela de Agricultura Práctica, en 1823, para la formación de hijos de “labradores beneméritos”; y luego en 1826, cuando creó el Jardín de Aclimatación para introducir y aclimatar especies útiles a la riqueza vegetal del país. A ambas instituciones se las ubicó en tierras que estaban asignadas al cementerio de la Recoleta. Esos organismos tuvieron un pobre desarrollo, y fueron finalmente cerrados, ya sin Rivadavia en el gobierno, y las instalaciones devueltas al cementerio.

La Deuda se come todo.

Pero fue el famoso empréstito con la banca británica Baring Brothers el elemento que unió de mala manera todo aquello, y que le dio a Rivadavia un contradictorio sayo: haber sido el primer presidente argentino, y un endeudador a favor de una potencia extranjera. La Junta de Representantes de la Provincia de Buenos Aires sancionó en 1822 una ley para la construcción del puerto de Buenos Aires, el establecimiento de pueblos en la nueva frontera, y la fundación de tres ciudades sobre la costa entre Buenos Aires y el pueblo de Carmen de Patagones. Además debía dar agua corriente a la ciudad de Buenos Aires. Para ello permitía al gobierno “negociar, dentro o fuera del país, un empréstito de tres o cuatro millones de pesos valor real”. Aunque la ley no lo decía, el movimiento estaba orientado a endeudarse con Inglaterra y se tenía como garantía todos los efectos, bienes, rentas y tierras, de la Provincia, “hipotecándolas al pago exacto y fiel de la dicha suma de 1 millón de libras esterlinas y su interés”. Al final, del millón de libras que totalizaba el empréstito, sólo se dispuso de unas 570 000 por quitas y comisiones de todo tipo. En cuanto el préstamo llegó, la Legislatura cambió el destino de esos recursos. De modo que fue entregado al Banco de Descuento para que lo entregara como créditos a sus clientes, a intereses mucho más bajos que los que pagaba la provincia por ese dinero.

Estando hipotecadas las tierras, el Estado provincial diseñó un sistema que les hiciera generar renta sobre esas tierras, un sistema que permitiera la explotación de las mismas. Se trató de la Ley de Enfiteusis, que daba en arrendamiento a las tierras. El diseño fue tal que las parcelas tenían un tamaño mínimo de tal magnitud que lo hacía inaccesible para pequeños productores, y no fijaba tamaño máximo, favoreciendo el uso de la tierra a aquellos que se estaban configurando como los grandes estancieros de la pampa bonaerense. Pero lo que finalmente ocurrió fue que el pago del arrendamiento fue escaso, generando deudas con el Estado, que nunca tuvo voluntad de cobrarlas.

Más allá que en 1947, cuando el gobierno peronista declaró la Soberanía Económica, y aquello se lo vinculó con el pago definitivo de aquella larga y tortuosa deuda de la Baring, la realidad es que se había cancelado en 1904. Igualmente, fueron 80 años pagando fortunas que superaron el valor recibido, y sin uso real, ni mucho menos productivo.

Fuente: http://visionpais.com.ar

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