Las puertas que ya no se cierran

Imagen: Carla Peterson, en Twitter
Compartilo

Por Mariana Carbajal

La
denuncia de Thelma Fardin, acompañada por el abrazo sororo del
Colectivo de Actrices Argentinas, generó un efecto cascada, imparable.
Sus palabras destaparon cañerías obturadas con excrementos por años (por
siglos, diría) y las redes sociales se llenaron de testimonios de
acosos y abusos sexuales en el ámbito del espectáculo y los medios, pero
no solo: también en otros espacios. Las llamadas al Programa Las
Víctimas contra Las Violencias, que encabeza Eva Giberti, a través de
sus líneas 137 y 0800-222-1717 se multiplicaron: al mismo martes que
habló Thelma, aumentaron un 23 por ciento en relación al lunes, y al día
siguiente, 105 por ciento. De 16 llamados recibidos el lunes, se pasó a
1317, el miércoles, según información difundida por el Ministerio de
Justicia. Las historias no son nuevas: pero el relato de la actriz,
apoyada por sus pares, le dio empuje y valor, a otras mujeres que habían
vivido situaciones de violencias machistas, en sus distintas caras,
para contarlas, y sacarlas del silencio. El abuso y el acoso sexual
salieron del closet.

Pero fue necesaria una descripción de una violación tan
cruda y atroz, como la que dio Thelma, para que se creyera. El hecho de
que fuera adolescente al momento del suceso y su victimario, un actor
consagrado que la triplicaba en edad, lograron la empatía hasta de
comunicadores conocidos por su misoginia y su destrato hacia mujeres.
Darthes fue el límite. 

Las denuncias anteriores contra el mismo actor le dan aún más
veracidad a las palabras de Thelma. Construyen una geografía de las
conductas del acosador y abusador. Quienes no quisieron creer antes,
tuvieron que salir a pedir disculpas ahora. 

“Afortunadamente lo que está pasando va a permitir que los médicos,
los abogados y los psicólogos aprendan aquello que las universidades no
enseñan. Porque las universidades todavía son eminentemente
patriarcales”, dijo Giberti a este diario, sobre lo que debería dejar
este momento histórico: que profesionales que deben intervenir en estos
casos aprendan cómo actúan los acosadores y abusadores, cómo se esconden
detrás del disfraz del buen padre de familia, que sepan que a las
víctimas, sobrevivientes de sus ultrajes, les lleva tiempo hablar, que
les crean.  

Los relatos que inundan las redes sociales tienen un denominador
común: la relación jerárquica laboral de un victimario sobre su víctima,
que se monta sobre la propia subordinación histórica de las mujeres en
la sociedad: ese caldo de cultivo habilita a algunos hombres –vamos
viendo que son muchos, pero no todos, claro– a cometer acosos y abusos
en los contextos más diversos. “La presencia del patriarcado en la
educación de las mujeres, criadas para obedecer y subordinarse a los
varones, las torna más vulnerables. Y los que tienen un mínimo poder, se
aprovechan de esa vulnerabilidad para apropiarse de sus cuerpos”,
apuntó Giberti, para entender la avalancha de testimonios, que no se
detiene. 

Pero la respuesta a esta “catástrofe de género”, como la llamó la
antropóloga Rita Segato, en una entrevista con Radio Con Vos, no debe
ser el aumento de las penas a los violadores, como propuso en un
editorial Joaquín Morales Solá, en La Nación. Esa es la salida fácil,
para los políticos y para el Gobierno: la mano dura. Quien lo propone no
entiende nada del problema. La educación es el camino. La respuesta
debería ser, en primer lugar, la aplicación obligatoria y efectiva de la
Educación Sexual Integral en todos los niveles educativos, en escuelas
públicas y privadas, laicas y confesionales, como dice la Ley 26.150: es
la herramienta federal que permitirá educar a niños, niñas y niñes, con
otro paradigma alejados del machismo, que le va a dar a las chicas la
capacidad para poder defenderse en el momento, para poder hablar,
denunciar; a los chicos, le va a permitir correrse de ese lugar de
machos, que por ser machos, deben demostrar que lo son, sometiendo a una
mujer, como dice Segato para confirmar ante sus pares su pertenencia a
la “corporación masculina”; con la ESI se puede educar en relaciones
igualitarias, democráticas, para construir una sociedad plural, sin
sometimientos. Es el gran desafío. 

Sin embargo, hay que recordar que el programa Nacional de Educación
Sexual fue debilitado durante los dos primeros años de Gobierno de
Cambiemos, recién para el 2019 se espera una inyección de fondos y la
decisión política de darle impulso, pero también depende de la voluntad
de los gobiernos provinciales de ponerla en práctica efectivamente. El
presidente Mauricio Macri y la gobernadora María Eugenia Vidal se
solidarizaron con la denuncia de Thelma: pero la violencia machista no
se previene y combate con expresiones de deseo; son necesarias políticas
integrales y presupuestos generosos –sin recortes– si se quiere encarar
el problema en serio.

Las puertas que están abriendo las palabras de Thelma, no se pueden cerrar más.

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/

Be the first to comment

Leave a Reply

Your email address will not be published.


*