Autores, varios libros, un vídeo y un viaje a La Plata.

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…hay que tener coraje para armar una familia hoy ¿no?

Gonzalo Chaves

Por Bruno Pedro De Alto

Una tarde del 2009, José Pablo Feinmann, intentaba explicar por su programa de filosofía en el Canal Encuentro sobre los discursos pre-nietzscheanos y se detenía en Fedor Dostoievski y en su libro “Memorias del subsuelo”. Primero me llamó la atención – y esto debería alegrar a Feinmann – que Dostoievski pueda ser leído desde la filosofía, cuando para mí era solo un importante novelista ruso, pre revolución bolchevique.

Y me movilizó, porque tenía ese libro sin leer en mi biblioteca, a tomarlo y leerlo.

Entonces la liturgia se realiza: busco un señalador de entre los que tengo guardados entre varios libros de la misma biblioteca, luego busco en una caja con elementos de librería una banda elástica para ser colocada recorriendo el alto con el fin que con su presión mantenga el espesor original del libro cuando está en reposo, dadas las deformaciones que aparecen al abrirlo y tenerlo extendido entre las dos manos para leerlo. Evitar que se deforme, que mi irrupción en él sea apenas perceptible. Y finalmente llevarlo a la mesa de luz, al igual que mis compañeros, los anteojos.

Esa liturgia también incluye recorrer el libro, primero por la textura de su celeste portada, interpretar la imagen de la tapa (una casa baja, árboles y nieve), y finalmente buscar el prólogo.

Debo recomendar a los neófitos que a los clásicos debemos empezarlos a leer por el prólogo. Generalmente son escritos por señores que saben mucho y abren el mundo que existe detrás de cada libro clásico. Y este es el caso: Guillermo Saccomanno es el prologuista de esta versión. Y aquí se dispara este relato con vértigo.

Saccomanno explica que existe una trilogía de textos que sucesivamente crecen en eficacia y desarrollo para el relato literario del hombre destruido por la sociedad que lo transforma en “nada”, en número, en un mísero insecto. Son esos textos. “El Capote” de Nikolái Gógol, las “Memorias del subsuelo” de Fedor Dostoievski, “La Metamorfosis” de Frank Kafka. Bien.

Las Memorias las tenía ya en la mano; la Metamorfosis ya la había leído (aprovecho para comentar que coincido con el anterior comentario literario). Pero, ¿y “El Capote”?.

Por fortuna y coincidencia ese relato estaba a metros mío y recién llegado. Sabía que Gogol era un escritor ruso y punto. Pero habíamos recibido apenas dos meses atrás, como legado, una serie de viejos libros en varias series editoriales y en una de ellas estaba “El Capote”. Estaba guardado en el cuarto de la casa destinando a las cosas a guardar.

Evidentemente se trataba de un libro que esperaba a ser leído, esperaba a su lector como bien reflexiona Jorge Luis Borges (“Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinadoda sus símbolos”).

Ese librito de Gogol, que es apenas un cuento largo editado por el Centro Editor de América Latina en 1969, que en la tapa tiene un señor con un tapado largo del tipo que todos hemos visto como una vestimenta común para el frío ruso. “El Capote”, es en realidad un tapado o sobretodo. La versión de “El Capote” no es equivalente a la de las “Memorias del Subsuelo”, está ajado y sus páginas son amarrillas. Tiene olor a libro viejo. Al hojearlo levanta un polvillo minúsculo que irrita las fosas nasales. Exagero un poco y digo que es un poco difícil leerlo por ello, sin embargo merece aplicarle la liturgia: señalador y banda elástica.

En la mesa de luz son, ahora, dos libros a leerse. Y según Saccomanno, el del ucraniano corresponde leerse primero, porque Dostoievski ha dicho “todos venimos de El Capote de Gogol…” Si bien ambos son libros pequeños fueron leídos a lo largo de varias noches del verano del 2009.

Y ahora otra vez Feinmann y Sacommanno.

El primero cree que la toma del Frigorífico Lisandro de La Torre en 1959 y el Cordobazo, en 1968 son las experiencias de rebelión sindical con apoyo popular más valiosas de la Argentina moderna y que ese era el camino correcto al socialismo. Y lo hace criticando al mismo tiempo el camino tomado por las organizaciones guerrilleras, que habían aplicado el foquismo del “Che” Guevara. Todo esto escrito en su trabajo en fascículos “Peronismo. Filosofía de una obsesión Argentina”.

Como el rescate que hace Feinmann sobre la toma del frigorífico está muy bien contextualizada, me invita a seguir conociendo detalles, a pesar de conocerla por otras fuentes y versiones. Por ello me atrajo ver un video que teníamos guardado en casa. Se trata del documental “Carne Viva” de Marcelo Goyeneche, que investiga no solo el hecho histórico de la toma sino que relata y analiza el comportamiento solidario de un barrio de Buenos Aires.

En efecto, el pueblo de Mataderos protagonizó una heroica gesta por la toma del frigorífico municipal Lisandro de la Torre que llevaron adelante sus nueve mil obreros para enfrentar la privatización ordenada por el gobierno de Frondizi. El conflicto laboral arrastró tras de sí al barrio, que dependiente de la vida y funcionamiento de la gigantesca fábrica, se plegó en una insurrección popular inusitada, mientras millones de trabajadores participaron de la huelga general de solidaridad, impuesta por el ímpetu y la fuerza de los hechos, a la conducción de la CGT.

El conflicto terminó con tanques del ejército desalojando a los obreros huelguistas de la planta. Cientos fueron encarcelados, entre ellos el mítico Sebastián Borro.

En ese video aparece como vecino de Mataderos, Guillermo Saccomanno – si, el mismo que prologa el libro de Dostoievsky – sentado en un bar, relatando que su familia fue parte de aquella gesta y él siendo un chico de 11 años lo recuerda todo: la toma, el apoyo popular, y la resistencia del barrio a los tanques del ejército. Dice: “aquella lucha estuvo llena de héroes anónimos de los que ya nadie recuerda sus nombres. Es como dice Gonzalo Chaves en su libro de aquellos muertos nunca supimos sus nombres”. Sacommanno está hablando del libro de Chaves “La masacre de la Plaza de Mayo”, del 2003.

Entonces recordé que Gonzalo Chaves había estado en mi casa visitando mi familia y que habíamos acordado devolverle el gesto. Estábamos en falta, por eso lo ubicamos para acordar esa visita pendiente a su casa en La Plata.

Gonzalo estaba escribiendo su tercer libro – Rebelde Acontecer – y esta vez está trabajando sobre relatos y personajes de la resistencia peronista, donde él y su familia dieron todo. Y fuimos a su casa un día caluroso de febrero del 2010, donde estaba con sus dos hijos más chicos: Rocío y Juan Manuel (“¡Viva Perón!” me dijo éste al atender el teléfono cuando llamé para avisar que estábamos llegando y supo que yo era Bruno).

Gonzalo, que para muchos militantes y dirigentes políticos es un prócer en vida, nos atendió en bermudas, cuidando de sus niños, mostrando las cotidianeidades de su hogar, sirviéndonos el flan que había preparado su hija y reflexionando profundamente en cada frase que emite.

Y este relato caótico lleno de coincidencias y asociaciones, necesita un cierre. Se inició con una clase de filosofía por TV, y siguió con escritores europeos que alertaron sobre la omnipresencia del poder que agobia y asfixia al simple hombre, y que de un salto pasó por las insurrecciones de la clase trabajadora argentina, para finalmente llegar por la autopista a La Plata, donde un amigo significativo escribió un libro sobre la resistencia peronista.

¿Pero qué tipo de cierre?

Hubiera sido imposible si le seguíamos dando “rosca” a los temas iniciales, si insistía sobre la vinculación de la historia, la filosofía y la política a ese encuentro entre amigos y sus familias. Parece que todo es más simple.

El desencadenante de este cierre es un libro de regalo que entregué aquella tarde en La Plata.

Como había creído necesario no ir con las manos vacía le llevé a Gonzalo Chaves un libro como presente. Y ahora recuerdo una anécdota sencilla que él mismo me contó hace una infinidad de años atrás. Se reunía con unos dirigentes marroquíes, vaya saber en qué parte del mundo y porqué, pero lo llamativo para esa comitiva argentina en el exilio era que esa gente desconocida los llenaba de regalos. Y Gonzalo reproducía el gesto al contarlo: las manos que se extienden hacia delante, son manos que entregan. Y al contarlo especulaba que se trata de una costumbre tribal milenaria, una práctica de pueblos guerreros en tiempo de paz, para ganar la confianza al inicio de una relación.

Y yo, en función de la visita y pensando en lo que Gonzalo está escribiendo, quise ser oportuno y llevé un libro que encontré en una mesa de saldos. Un libro llamado “El misterio del coraje. Un ensayo sobre la valentía, el miedo, la vergüenza y el honor” de William Ian Miller. Me pareció oportuna la asociación entre la resistencia y el coraje. Un trabajo que quiso ser – según el autor – un trabajo sobre la cobardía, pero fue descubriendo que lo que resultaba difícil era hablar sobre el coraje.

Y lo que sucedió esa tarde, al ser ahora relatado, cierra las asociaciones previas descubiertas, relacionadas y pensadas durante el viaje de ida a La Plata.

Gonzalo primero hojeó el libro, luego elevó la vista sobre los anteojos, y finalmente recorrió con una breve mirada su casa llena de niños propios y ajenos.

Yo había acabado de decir: “Creo que la reflexión sobre el coraje que hace este libro te puede ayudar y aportar a tu trabajo sobre la resistencia. El coraje de los que resistieron… bla, bla.” Pero Gonzalo había elaborado otra idea. Ese entorno le significó algo que era más simple que la compleja y aparente relación coraje – resistencia que yo había llevado.

Dijo: “Coraje es armar una familia ¿no?… hay que tener coraje para armar una familia hoy ¿no?” Y yo me quedé en silencio. Mientras los niños que nos rodeaban seguían haciendo su propio barullo.

Fuente: http://visionpais.com.ar/

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